miércoles, 30 de noviembre de 2011

El acerca-miento a la discapacidad

A partir del desarrollo de las tareas de divulgación relacionadas a mi trabajo de investigación en el campo de la discapacidad y el deporte en repetidas he podido observar que existe un interés por conocer las "causas" que llevan a una persona a interesarse por esta temática. Generalmente se piensa que porque un sociólogo investiga discapacidad "es bueno" y/o  tiene un familiar con discapacidad. Liliana Pantano, pionera en el abordaje desde una mirada social de la discapacidad en Argentina, narra cómo cuando publica La discapacidad como problema social (1993) y lo dedica a uno de sus hijos, el público asumía que él tenía una discapacidad, cuando esto no es así.
La pregunta que se presenta, entonces,  reside en detenerse a reflexionar por qué el abordaje de este objeto de estudio debiera estar teñido de una especie de altruísmo desinteresado. Una respuesta que podría esbozarse es que esa necesidad de vestir al investigador de un ropaje angelical tenga que ver con un ansia solidarista que no es más que expresión que la relación que la sociedad posee con la discapacidad, y que la misma se derive de los esquemas de percepción estatales que cristalizan la discapacidad como tragedia médica individual... Pero esto no es más que una hipótesis surgida del trabajo de campo… Sin embargo, pese a todas imputaciones de buenas intenciones que me son adjudicadas, en mi rol de socióloga aguafiestas debo señalar que nunca investigamos un tema por los otros, siempre en la relación con el objeto hay algo muy carnal que es lo que nos lleva a interesarnos por un mundo social. La semana pasada, en la Facultad de Ciencias Sociales, en las I Jornadas Ciencias Sociales y Discapacidad, Carlos Skliar, mencionaba esto y llamaba la atención sobre la necesidad de reconocer que la posibilidad de abordaje del otro tiene que ver con el aceptar, que, en realidad, uno está poniendo en juego un aspecto muy íntimo de su subjetividad. Es decir, al hablar del objeto, no hacemos más que hablar de nuestra relación con él y ahí estamos nosotros mismos.  
Mucho tiempo, por no decir todo el tiempo que hice el trabajo de campo de mi tesis, yo mantuve en silencio las causas que me llevaron a interesarme por la discapacidad. Pero estas reflexiones de Skliar me hicieron resurgir una necesidad que se me planteó al momento de escribir la tesis y que reprimí u oculte por miedo a ser etiquetada como narcisista: necesitaba, -si se me permite la expresión-, salir del armario, declarar un desarme de las defensas que he impuesto por los miedos que me producen la miradas evaluadoras de los otros y hacer explícito el punto desde el cual mi mirada se posó en la discapacidad.

Desarmarme o desarmar el encuentro con el cuerpo discapacitado

Personalmente, el camino que me llevó a investigar discapacidad y, más precisamente, el cuerpo discapacitado, estuvo mediado por un interés personal, relacionado a mis problemas con la alimentación. Desde los trece años sufro de este padecimiento y el mismo fue el que me hizo sentirme interesada primero, por la sociología de la salud, y, luego, por las reflexiones en torno al cuerpo legítimo de Pierre Bourdieu. Esas lecturas estaban mediadas por una necesidad desesperada de dotar de razonabilidad la enorme angustia que me producían mis crisis de ansiedad que me hacían comer sin poder parar, y engordar abruptamente, y las miradas descalificadoras de los otros y las cosas. En nuestro mundo social, que una joven engordé de pronto más de quince kilos es leído como una pura (i)rresponsabidad individual, una falta de “voluntad” que transforma a ese cuerpo en objeto de agresiones, burlas, no reconocimiento. Como en un círculo vicioso esa falta de respeto de los otros, lleva a aislarse y comer más y bajar la autoestima. Los últimos tres años del secundario fueron la peor etapa de mi vida: los chicos mayores me gritaban y se burlaban de mi, humillándome delante de mis compañeros y compañeras. Algo similar sucedía al ir bailar: nadie me “daba bola” y siempre alguien me agredía. Poco a poco me fui recluyendo y perdí las ganas de salir. Someterme a la mirada de los otros y abrir la posibilidad de que me agredieran me daba pánico. Este infierno tuvo su final afortunadamente con el inicio de la facultad. Empezar a estudiar en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA Sociología significó encontrar una tregua a esa selva que fueron esos años de escuela secundaria. La Sociología fue un modo de buscar un reconocimiento que no poseía en mi vida cotidiana. Todo aquello que Bourdieu mencionaba en torno a las llamadas al orden que se impone en el anonimato de la vida social a aquellos que escapamos a las exigencias del cuerpo legítimo, eran para mi conocidas. Y como hasta los trece años había sido una chica con un cuerpo que reunía las propiedades valoradas en este mundo social, también "conocía" las ganancias asociadas a cumplir las expectativas sociales. Entonces mi relación con la sociología me permitía intelectualizar mi malestar y encontrar modos de reconocimientos de los pares, pero desde lo más interno de mi deseo, y por mi experiencia anterior de “ganadora”, quería volver a ser la que era, contar con la aprobación de todos, ser deseada y querida. Asimismo los atracones que tenía y que no podía curar con dietas, nutricionistas, médicos, me generaban una sensación de alienación enorme que me hacían querer morir. El atracón devoraba mi vida literalmente. Mediada por esas emociones, al terminar la carrera, empecé a tomar pastillas para adelgazar “supuestamente” homeopáticas. En poco tiempo bajé muchísimo de peso y volví a "ser atractiva".  Nadie (ni mis amigas ni amigos) sabían que yo tomaba esa medicación. Lo ocultaba porque yo intuía que no eran completamente naturales y no quería que me sancionaran por tomarlas. Si bien las pastillas no me hacían ser yo misma, sin embargo, como evitaban los atracones, y no poder controlar eso me generaba ganas de no querer vivir más, las seguí tomando en secreto. Todos me felicitaban por mi exitosa fuerza de voluntad y haber podido bajar de peso y mantenerme… Enorme fantochada la mía…  Y me empastille, y tapé ese sufrimiento con esas pastillas que luego sabría que tenían clonazepan, con enorme culpa por sentirme desde responsable de mi padecimiento hasta culpable por doblegarme a la dominación social y someter mi integridad física por un afán de adaptación. Como intentaba entrar en los jeans, del mismo modo quería estar dentro, contenida, dentro de los parámetros de la premiada irreal normalidad, mediada por los espejitos de colores de la fantasía de acercamiento al cuerpo legítimo. La adaptación sumisa que me hacía reproducir la norma de ese cuerpo legítimo, cuando era vista desde la cabeza de socióloga, me generaba una inconsistencia y ambivalencia muy grande.  
En ese contexto, en el 2004, recién recibida y "exitosamente" empastillada, comienzo a dar clases en el Instituto de Ciencias de la Rehabilitación y el Movimiento, que queda en el mismo predio del Servicio Nacional de Rehabilitación, espacio que núclea gran parte de la oferta deportiva de la Ciudad de Buenos Aires. Dicho lugar no era del todo ajeno para mí, ya que la casa de mis padres quedaba a unas pocas cuadras de allí. Además, conocía el sitio debido a que mi madre adquirió una discapacidad motriz cuando yo tenía 8 años. Una cuestión que me llamaba profundamente la atención era observar que en las instalaciones deportivas siempre veía personas muy bien vestidas, con autos importados y, en su mayoría, con discapacidad motriz. En los horarios en que yo asistía al club (la mañana) no se veían personas de clase baja. Sin embargo, estas cuestiones no eran más que intuiciones sin acervo científico y que después pude comprobar que eran erróneas. Sin embargo, estas observaciones tenían como contrapartida mi trabajo cotidiano como encuestadora de la Encuesta de Gastos de los Hogares del INDEC (2005). El mismo implicaba acudir a zonas muy pobres de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y del norte Gran del Buenos Aires. Concretamente, un caso en particular fue el que me hizo notar y profundizar el interés por analizar cuán diferente era la “realidad” de la discapacidad fuera del espacio del SNR. Encuestando a un señor que vivía con un hijo de treinta años y dos nietos al preguntarle por el máximo nivel educativo alcanzado por su hijo mayor me respondió: “él no fue a la escuela, él es tonto”. El muchacho era, según el padre, “retrasado”. Al repetir la pregunta pero ahora en presente y referida al nieto, el hombre me contesta: “no, él tampoco va a la escuela, él es tonto también”. Ante esta respuesta, mi desconcierto fue enorme: el niño no tenía signos visibles de poseer una discapacidad intelectual. Atravesada por la mirada médico hegemónica asumía que si ese niño poseía una discapacidad algo en el orden de su cuerpo o de su comportamiento debía “mostrarse” “anormal”. Sin ser ni siquiera consciente de ello, automáticamente le pregunté si su hijo y su nieto poseían certificado estatal de discapacidad. El señor no conocía la existencia del mismo. Le hablé del SNR y de los derechos que podía ejercer a partir del trámite del certificado. Evidentemente yo tampoco era consciente que ese intento de medicalizar al niño era un intento por “humanizar” al niño. Este episodio nutrió aún más mis previas inquietudes en torno a quiénes eran los usuarios de los bienes deportivos ofertados en el espacio simbólico de “Ramsay”. A raíz de esta duda, me acerco al Departamento de Recreación y Deporte del SNR buscando estadísticas que informaran sobre el origen socioeconómico de los usuarios. Sin embargo, no existían datos al respecto. Posteriormente, a partir de la lectura de un artículo de Liliana Pantano (2005) confirmo que sólo una de cada diez personas con discapacidad de nuestro país posee certificación estatal de la discapacidad.
          Motivada por mi actual directora, concentro estas inquietudes empíricas desordenadas con mi interés por el tema del cuerpo en Bourdieu y Merleau-Ponty, y las organizo en un proyecto de investigación que unificaba estas cuestiones en torno a la pregunta por cómo incidía el deporte en el disciplinamiento del cuerpo discapacitado. Este proyecto es el que presento a CONICET en el 2006 y con el cual me acerco a la investigación en discapacidad.   
         Es así que llego al cuerpo discapacitado. El mismo, era un caso privilegiado para observar aquél que era mi padecimiento, aunque no asociado a la portación de una deficiencia, el alejamiento del cuerpo legítimo y poseer una hexis y una identidad devaluada. Dependencia, no voluntad, alienación, enfermedad, eran todas dimensiones asociadas a la mirada médico hegemónica de la discapacidad que también tenían que ver con mi problema, que ya debería dejar de llamar “mi” problema, y reconocerlo como producto social. Bourdieu en Comprender en La Miseria del Mundo, habla de la entrevista como un “ejercicio espiritual”  que permite en el entrevistado, a partir de la atenta escucha, reconocer causas sociales de padecimientos generalmente vividos –por efecto de la dominación- como responsabilidades individuales. Aquello que intento sugerir, a partir de mi experiencia, es que el proceso de investigación cualitativo, autoetnográfico, a partir del vínculo generados con los “objetos de estudio”, habilita esa misma posibilidad para el investigador. Cómo el encuentro con ese “otro” significó una gran transformación de mi persona y cómo impactó con mis problemas con el cuerpo es cuestión que desarrollaré en otro texto.

          Así, en un acto de desahogo, a todos aquellos que alguna me preguntaron por qué me interese en el tema de la discapacidad hoy les respondo: por mi padecimiento, en una búsqueda de cura. Por eso cuando hablo de la discapacidad, hablo desde la subjetividad de una joven de clase media que, a través de su interés en el cuerpo discapacitado, encontró un medio de expresar y canalizar las incomodidades que padece una mujer que escapa a las exigencias del cuerpo legítimo. 

4 comentarios:

  1. La reflexividad social, tanto de las prácticas cotidianas de la gente común, como de las que llevan a cabo los investigadores sociales, expresa la imposibilidad de construir conocimiento neutro sobre el mundo, puesto que estando en el mundo, formando parte de él, nuestro conocimiento lo modifica en la práctica y esa modificación, a su vez, nos modifica y re-modifica nuestra conocimiento del mundo. Cuando, además, cobramos conciencia de que nuestro conocimiento y nuestras prácticas (que se entrelazan indisociablemente en nuestra cotidianidad haciéndose indistinguibles) están atravesados de deseos, emociones e ilusiones, y preferencias ideológicas; cuando, además, nos damos cuenta de que nuestro acceso a todo ello es singular, determinado por nuestro particular espacio-tiempo personal, nuestra biografía, nuestra trayectoria, nuestra "localización" insustituible; entonces, empezamos a entender que no entenderemos nunca nada con propiedad. Y ahí, sin duda, empieza, verdaderamente, una tarea intelectual que merece la pena ser vivida; pues lo intelectual se constituye sobre la cotidianidad, la práctica, la vivencia; y entonces se cobra conciencia de que nunca es nombrado y tan crucial es, para todo el mundo, en su existencia: el cuerpo. Somos cuerpo, carne, precariedad y finitud; ese cuerpo nos posee y nos doblega; ese cuerpo es el objeto de intervención de los poderes que nos someten. Y es, como dice Bourdieu, sólo a traés del cuerpo, de nuestro particular y singular cuerpo, que conocemos.
    No sólo asisto, con el texto que acabo de leer, a un acto de "valentía", sino a un ejemplo que todos/as deberíamos seguir de "encarnamiento" y compromiso con el trabajo del/ de la investigador/a social: la confesión siempre eludida de que somos "culpables", siempre, de perseguir una especie de redención personal. Es decir: también somos humanos/as y nuestras miserias y precariedades nos constituyen; ser conscientes de ello, traducir esa conciencia en nuestra práctica de investigación y procurar que ello, lejos de un perjuicio para nuestra labor, signifique que nos "apasionamos" por y en ella... es algo que está al alcance de muy pocos/as. Enhorabuena, Doctora Ferrante.

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  2. Gracias Miguel! Ya sabés que leer tu defensa fue un estímulo para tomar coraje!! Y no te adelantes, que aún faltan unos días y la defensa! Te quiero!!

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  3. He comenzado el día gratamente, disfrutando de la lectura de esta primera entrada del blog Investigar discapacidad, que tantas reflexiones me ha inducido. Pero no he entendido muy bien por qué llamas acerca-miento a algo que es tan valientemente sincero.
    Un abrazo.

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  4. Hola Antonio!!! Muchas gracias por la lectura!! Quería hacer un juego entre el acercarse y esos motivos ocultos. Es cierto, no era mentira sino más bien imposibilidad de decir! Qué lindas tus fotos de otoño! Muchos besos desde el otro lado del mar!

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